Sunday, November 30, 2008

Reflexión sabática
Hay tres sonidos imperceptibles al oído humano y que nunca abandonan la tierra:
1) el sonido de la serpiente cuando muda la piel,
2) el sonido del alma cuando se desprende del cuerpo, y
3) el sonido del parto.

¿A dónde van estos sonidos? A las entrañas de la tierra donde se decodifican.
Aunque tú oigas estos sonidos como "ecos" debes saber que son tres sonidos que vuelven a tí envueltos en tu propia voz o en los golpes que das a las piedras:

1) para ayudarte a deshacerte de tus viejos patrones,
2) a entregarte a la incertidumbre de tu siguiente paso, y
3) a renacer nuevamente.

Zohar Vol 3: 168 b
La arquitectura y los pájaros
Conozco parte de esa historia porque el Pájaro me la ha contado varias veces y ahora ríe cuando vuelve a empezar porque el Pájaro dice que siempre lo asombran las variantes inesperadas.

Recordé este texto de Piglia hace unos días cuando un amigo se interesaba en los cursos de Kábala de Mishkan. Como era de esperar, sus preguntas fueron muy “concretas” y buscaban certezas: bibliografía, apuntes, horarios y duración de las clases, etc. Por su expresión, creo que mis respuestas lo desconcertaron aún más, y es comprensible.
Porque, salvo los casi anecdótico títulos “Kábala 1 y 2”, los cursos del rabino Reubén Nisenbom no parecen tener principio ni fin, los textos son solamente pre-textos y lo único que conservo después de 5 años de haber asistido a sus clases son algunas pocas fotocopias. Lo que si reconozco es que a menudo comparto sus cuentos con mis hijos y con mis más íntimos amigos, intentando transmitirles la emoción que siento en cada una de sus clases. El resto, espero que se me vaya ‘metiendo en la piel’ y me acompañe en el día a día.

Releo a Piglia y con él vuelve la imagen de Reubén contando una historia y transmitiéndonos su pasión por la vida.

Y si en realidad, como él suele decir, lo que hacemos en esta vida es simplemente “contar un cuento”, me pregunto como hacerlo cuando mi instrumento es la arquitectura, como ser creativos en lo que hacemos cuando a su vez nos propone firmar nuestras obras con: “mi nombre y compañía”, incluyendo a todos aquellos que están y que estuvieron con nosotros, a todos los libros que leímos y las películas que vimos… sin olvidar al “angel” que siempre se cuela para recordarnos el misterio de la vida.
Los pensamientos fluyen y vuelvo al principio. Un día, al finalizar la ceremonia de Shabat, -conmoción y temblor!- el rabino Bernardo Miller me invita a escribir un artículo para Shavuot y reconozco, ahora en el para mi inédito rol de narrador, la misma adrenalina que siento al bocetar un nuevo proyecto. Me siento con un lápiz en la mano frente a una hoja de papel en blanco y se que, aunque me quiera dejar llevar por la intuición o crea tener en claro cual es mi intención, lo que nunca voy a saber es como sigue ni como va a terminar esta historia.

El relato esta ligado a las artes adivinatorias, dice el Pájaro. Narrar es transmitir al lenguaje la pasión de lo que está por venir.

Entonces empiezo a dibujar soñando con una cabaña construida en un monte de Córdoba. Imagino una circulación que ya no es solamente una función para unir dos espacios sino que va describiendo la trama de una historia futura, donde me incluyo como uno de los protagonistas junto a mis hijos, amigos, pareja. Creo un espacio intermedio para cambiar el ritmo del recorrido y permitir un encuentro… dibujo una ventana y la mirada se desvía hacia el bosque antes de entrar al ambiente principal… trazo una curva y ese solo gesto crea suspenso, porque me obliga a adivinar que habrá al final… llego a un espacio de doble altura que me cambia la perspectiva sin previo aviso.
El ejercicio de convertirme en arquitecto-narrador es apasionante y encuentro nuevas conexiones: ¿acaso los materiales que elijo y combino no son equivalentes a las palabras que utiliza el narrador en su texto?

Y vienen a mi mente más palabras de Reubén: ser un ab-origen, descubrir lo erótico de la vida, convertirnos en artistas…

Pero me pregunto: ¿qué pasa cuando no tenemos la libertad para elegir?
Generalmente los proyectos de arquitectura son encargos y uno tiene que responder a necesidades concretas. Entonces, como un director de cine, tenemos que crear sobre un guión ajeno. A veces, como un escritor, trabajamos sobre un proyecto personal y tenemos la posibilidad de recrear nuestras propias fantasías. Otras veces elegimos un tema que nos interesa y participamos en un concurso, como si necesitáramos ser interrogados para dar, a través de la arquitectura, nuestra respuesta.
Ese es el lenguaje del arquitecto. Aunque podamos envidiar a aquel que domina el arte de narrar y puede convertir sus palabras en poesía, o al músico que puede transformar la oración en canción, con la arquitectura tenemos el privilegio de haber aprendido el arte de construir y poder así materializar imágenes en el espacio. Así es como contamos nuestro cuento, intentando que sea cada vez más sutil, ejerciendo nuestro arte con el único acto de libertad posible: el de hacerlo con impecabilidad.

Como si lo viera a través de la lente pulida hasta la transparencia, un objeto de cristal, invisible de tan puro, parecido al que puede usar un narrador cuando quiere fijar en el recuerdo un detalle y detiene por un instante el fluir de la vida para apresar en ese instante fugaz, toda la verdad.

El fluir de la vida
Ricardo Piglia
Buenos Aires, 1988


Alberto Gorbatt (y Cía.)
El nacimiento de los sentimientos
La historia del amor, de Nicole Krauss

Del mismo modo que hubo una primera vez en que alguien hizo saltar una chispa frotando dos palitos, hubo también un primer momento de alegría y un primer momento de tristeza. Era un tiempo en que continuamente se inventaban sentimientos nuevos. Pronto nació el deseo, y también el arrepentimiento. La primera vez que se sintió la terquedad, se inició una reacción en cadena y, por un lado, se creó el resentimiento y, por el otro, la marginación y la soledad. Tal vez cierto movimiento de caderas en sentido contrario al de las manecillas del reloj marcó el nacimiento del éxtasis, y un rayo provocó el primer orgasmo. O quizá fue el cuerpo de una muchacha llamada Alma. Contrariamente a toda lógica, la sorpresa no nació de inmediato. No llegó hasta que la gente tuvo tiempo de acostumbrarse a lo que eran las cosas. Y, transcurrido el tiempo suficiente, alguien experimentó la primera punzada de nostalgia.

Es cierto que a veces la gente también sentía cosas para las que no había palabras, y no se hablaba de ellas. Es posible que la emoción más vieja del mundo fuera el de sentirse conmovido; pero describirla -nombrarla siquiera- debía ser como tratar de apresar algo invisible. (También es posible que el sentimiento más antiguo fuera, sencillamente, la confusión).

Una vez la gente empezó a sentir, creció el deseo de sentir. Todos querían sentir más y más profundamente, aunque doliera. La gente se hizo adicta al sentimiento. Peleaba por descubrir sentimientos nuevos. Es posible que así naciera el arte.
Se creaban nuevas clases de alegría al tiempo que nuevas clases de tristeza. La eterna decepción de lo que es la vida; el alivio de un respiro inesperado; el miedo a la muerte.
Ni siquiera hoy en día existen todos los sentimientos posibles. Faltan todavía los que están más allá de nuestra capacidad y nuestra imaginación.

Muy de tarde en tarde, cuando aparece una música como nadie había compuesto, un cuadro como nadie había pintado o alguna otra cosa imposible de predecir, entender ni describir, irrumpe en el mundo un sentimiento nuevo. Y entonces, por millonésima vez en la historia del sentimiento, el corazón se eleva y absorbe el impacto.
La Edad del Silencio
La historia del amor, de Nicole Krauss

El primer lenguaje que poseyeron los humanos fue el de las señas. Nada tenía de primitivo aquel lenguaje que brotaba de las manos, nada de lo que ahora decimos se dejaba de decir entonces: tal es la infinita variedad de figuras que pueden formarse con los finos huesos de los dedos y las muñecas. Los gestos eran complejos y sutiles y exigían una dúctil movilidad que ya se ha perdido por completo.

Durante la Edad del Silencio la gente se comunicaba más, no menos, que ahora. La mera supervivencia exigía que las manos casi nunca estuvieran quietas, de manera que era únicamente durante el sueño (y a veces ni aun entonces) cuando la gente callaba. No se hacía distinción entre los gestos del lenguaje y los gestos de la vida. El trabajo de construir una casa, por ejemplo, o la tarea de preparar una comida, tenía el mismo valor expresivo que hacer el signo de “te quiero” o “estoy triste”. Cuando se utilizaba una mano para protegerse el rostro al oír un estruendo, se estaba diciendo algo; y cuando se utilizaban los dedos para recoger algo que otra persona había dejado caer, también se estaba diciendo algo; y hasta cuando las manos descansaban decían algo. Había malentendidos, naturalmente. Podía ocurrir que uno levantara un dedo para rascarse la nariz y si en aquel momento su mirada se cruzaba con la de su amante, éste podía interpretar que ése era el de “ahora veo que hice mal enamorándome de ti”, que se le parecía bastante. Estas equivocaciones eran muy tristes. Sin embargo, como todos sabían que podían ocurrir con facilidad, como nadie estaba seguro de entender perfectamente lo que decían, solían interrumpirse unos a otros para preguntarse si habían entendido bien. Estos malentendidos también tenían sus ventajas, porque daban la oportunidad de decir: “Perdona, sólo me rascaba la nariz. Por supuesto que sé que hago bien queriéndote”. Por la frecuencia con que se producían tales equívocos, con el tiempo fue evolucionando el signo para pedir perdón hasta que bastó el simple gesto de mostrar la palma de la mano para decir “perdóname”. (…)

Si estando en una gran reunión o una fiesta, rodeada de gente extraña, sientes una desazón en las manos, si no sabes que hacer con ellas y te invade esa incomodidad que produce percibir una disociación con el propio cuerpo, es señal de que tus manos recuerdan un tiempo en que la divisoria entre la mente y el cuerpo, el cerebro y el corazón, entre lo interno y lo externo, estaba más difuminada. No es que hayamos olvidado por completo el lenguaje de los gestos. La costumbre de mover las manos al hablar es un vestigio de él. Dar palmadas, señalar con el índice, levantar el pulgar, son gestos arcaicos. Tomarse de las manos, por ejemplo, es la manera de recordar lo que siente la pareja cuando callan juntos. Y por la noche, cuando está oscuro y no podemos ver, sentimos la necesidad de tocar el cuerpo del otro para hacernos entender.