Sunday, November 30, 2008

La Edad del Silencio
La historia del amor, de Nicole Krauss

El primer lenguaje que poseyeron los humanos fue el de las señas. Nada tenía de primitivo aquel lenguaje que brotaba de las manos, nada de lo que ahora decimos se dejaba de decir entonces: tal es la infinita variedad de figuras que pueden formarse con los finos huesos de los dedos y las muñecas. Los gestos eran complejos y sutiles y exigían una dúctil movilidad que ya se ha perdido por completo.

Durante la Edad del Silencio la gente se comunicaba más, no menos, que ahora. La mera supervivencia exigía que las manos casi nunca estuvieran quietas, de manera que era únicamente durante el sueño (y a veces ni aun entonces) cuando la gente callaba. No se hacía distinción entre los gestos del lenguaje y los gestos de la vida. El trabajo de construir una casa, por ejemplo, o la tarea de preparar una comida, tenía el mismo valor expresivo que hacer el signo de “te quiero” o “estoy triste”. Cuando se utilizaba una mano para protegerse el rostro al oír un estruendo, se estaba diciendo algo; y cuando se utilizaban los dedos para recoger algo que otra persona había dejado caer, también se estaba diciendo algo; y hasta cuando las manos descansaban decían algo. Había malentendidos, naturalmente. Podía ocurrir que uno levantara un dedo para rascarse la nariz y si en aquel momento su mirada se cruzaba con la de su amante, éste podía interpretar que ése era el de “ahora veo que hice mal enamorándome de ti”, que se le parecía bastante. Estas equivocaciones eran muy tristes. Sin embargo, como todos sabían que podían ocurrir con facilidad, como nadie estaba seguro de entender perfectamente lo que decían, solían interrumpirse unos a otros para preguntarse si habían entendido bien. Estos malentendidos también tenían sus ventajas, porque daban la oportunidad de decir: “Perdona, sólo me rascaba la nariz. Por supuesto que sé que hago bien queriéndote”. Por la frecuencia con que se producían tales equívocos, con el tiempo fue evolucionando el signo para pedir perdón hasta que bastó el simple gesto de mostrar la palma de la mano para decir “perdóname”. (…)

Si estando en una gran reunión o una fiesta, rodeada de gente extraña, sientes una desazón en las manos, si no sabes que hacer con ellas y te invade esa incomodidad que produce percibir una disociación con el propio cuerpo, es señal de que tus manos recuerdan un tiempo en que la divisoria entre la mente y el cuerpo, el cerebro y el corazón, entre lo interno y lo externo, estaba más difuminada. No es que hayamos olvidado por completo el lenguaje de los gestos. La costumbre de mover las manos al hablar es un vestigio de él. Dar palmadas, señalar con el índice, levantar el pulgar, son gestos arcaicos. Tomarse de las manos, por ejemplo, es la manera de recordar lo que siente la pareja cuando callan juntos. Y por la noche, cuando está oscuro y no podemos ver, sentimos la necesidad de tocar el cuerpo del otro para hacernos entender.

1 comment:

Unknown said...

Albert:Paso por aca,que bueno hacer que vuelen parrafos de La historia del amor..cada uno adquiere su identidad propia,y si los unimos aparece el libro,esplendoroso.
Una delicia de nuestros tiempos,inspiracion de la joven escritora,encarnando para nosotros lectores, el Amor en una forma tan deliciosa,sin aflojar de la primera a la ultima pagina.Patricia Koremblit