Sunday, November 30, 2008

La arquitectura y los pájaros
Conozco parte de esa historia porque el Pájaro me la ha contado varias veces y ahora ríe cuando vuelve a empezar porque el Pájaro dice que siempre lo asombran las variantes inesperadas.

Recordé este texto de Piglia hace unos días cuando un amigo se interesaba en los cursos de Kábala de Mishkan. Como era de esperar, sus preguntas fueron muy “concretas” y buscaban certezas: bibliografía, apuntes, horarios y duración de las clases, etc. Por su expresión, creo que mis respuestas lo desconcertaron aún más, y es comprensible.
Porque, salvo los casi anecdótico títulos “Kábala 1 y 2”, los cursos del rabino Reubén Nisenbom no parecen tener principio ni fin, los textos son solamente pre-textos y lo único que conservo después de 5 años de haber asistido a sus clases son algunas pocas fotocopias. Lo que si reconozco es que a menudo comparto sus cuentos con mis hijos y con mis más íntimos amigos, intentando transmitirles la emoción que siento en cada una de sus clases. El resto, espero que se me vaya ‘metiendo en la piel’ y me acompañe en el día a día.

Releo a Piglia y con él vuelve la imagen de Reubén contando una historia y transmitiéndonos su pasión por la vida.

Y si en realidad, como él suele decir, lo que hacemos en esta vida es simplemente “contar un cuento”, me pregunto como hacerlo cuando mi instrumento es la arquitectura, como ser creativos en lo que hacemos cuando a su vez nos propone firmar nuestras obras con: “mi nombre y compañía”, incluyendo a todos aquellos que están y que estuvieron con nosotros, a todos los libros que leímos y las películas que vimos… sin olvidar al “angel” que siempre se cuela para recordarnos el misterio de la vida.
Los pensamientos fluyen y vuelvo al principio. Un día, al finalizar la ceremonia de Shabat, -conmoción y temblor!- el rabino Bernardo Miller me invita a escribir un artículo para Shavuot y reconozco, ahora en el para mi inédito rol de narrador, la misma adrenalina que siento al bocetar un nuevo proyecto. Me siento con un lápiz en la mano frente a una hoja de papel en blanco y se que, aunque me quiera dejar llevar por la intuición o crea tener en claro cual es mi intención, lo que nunca voy a saber es como sigue ni como va a terminar esta historia.

El relato esta ligado a las artes adivinatorias, dice el Pájaro. Narrar es transmitir al lenguaje la pasión de lo que está por venir.

Entonces empiezo a dibujar soñando con una cabaña construida en un monte de Córdoba. Imagino una circulación que ya no es solamente una función para unir dos espacios sino que va describiendo la trama de una historia futura, donde me incluyo como uno de los protagonistas junto a mis hijos, amigos, pareja. Creo un espacio intermedio para cambiar el ritmo del recorrido y permitir un encuentro… dibujo una ventana y la mirada se desvía hacia el bosque antes de entrar al ambiente principal… trazo una curva y ese solo gesto crea suspenso, porque me obliga a adivinar que habrá al final… llego a un espacio de doble altura que me cambia la perspectiva sin previo aviso.
El ejercicio de convertirme en arquitecto-narrador es apasionante y encuentro nuevas conexiones: ¿acaso los materiales que elijo y combino no son equivalentes a las palabras que utiliza el narrador en su texto?

Y vienen a mi mente más palabras de Reubén: ser un ab-origen, descubrir lo erótico de la vida, convertirnos en artistas…

Pero me pregunto: ¿qué pasa cuando no tenemos la libertad para elegir?
Generalmente los proyectos de arquitectura son encargos y uno tiene que responder a necesidades concretas. Entonces, como un director de cine, tenemos que crear sobre un guión ajeno. A veces, como un escritor, trabajamos sobre un proyecto personal y tenemos la posibilidad de recrear nuestras propias fantasías. Otras veces elegimos un tema que nos interesa y participamos en un concurso, como si necesitáramos ser interrogados para dar, a través de la arquitectura, nuestra respuesta.
Ese es el lenguaje del arquitecto. Aunque podamos envidiar a aquel que domina el arte de narrar y puede convertir sus palabras en poesía, o al músico que puede transformar la oración en canción, con la arquitectura tenemos el privilegio de haber aprendido el arte de construir y poder así materializar imágenes en el espacio. Así es como contamos nuestro cuento, intentando que sea cada vez más sutil, ejerciendo nuestro arte con el único acto de libertad posible: el de hacerlo con impecabilidad.

Como si lo viera a través de la lente pulida hasta la transparencia, un objeto de cristal, invisible de tan puro, parecido al que puede usar un narrador cuando quiere fijar en el recuerdo un detalle y detiene por un instante el fluir de la vida para apresar en ese instante fugaz, toda la verdad.

El fluir de la vida
Ricardo Piglia
Buenos Aires, 1988


Alberto Gorbatt (y Cía.)

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